Vinos de montaña: ¿por qué nos centramos en la altitud de nuestro viñedo?
El Canigó, referencia e inspiración
En el Mas Llossanes, nuestros viñedos se extienden en laderas frente al majestuoso Canigó, montaña sagrada de los catalanes. Más que un paisaje, es una referencia, una presencia que marca el ritmo de las estaciones y da al dominio su identidad. Cultivamos la vid en las estribaciones del macizo a casi 700 m de altitud, en un entorno luminoso, salvaje y exigente, un terruño donde la naturaleza imprime directamente su firma en el vino.
La altitud, una firma gustativa
Trabajar la vid en la montaña no es una simple elección estética: es una apuesta de estilo. La altitud aporta tres elementos esenciales:
- Temperaturas medias más bajas, que preservan la acidez natural y la tensión de los vinos. Es común considerar que se pierde 0,60°C cada 100 metros de altitud. A 700m, disfrutamos de aproximadamente 5 a 7°C menos en comparación con los viñedos situados en la llanura del Rosellón.
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Una maduración lenta, favoreciendo la finura y el equilibrio en lugar de la potencia.
Las importantes diferencias de temperatura día-noche antes de la vendimia equilibran la maduración fenólica de las uvas (taninos, antocianinas) en relación con su maduración tecnológica (azúcares, ácidos). El resultado son vinos completos con taninos refinados, manteniendo naturalmente un nivel de alcohol moderado. -
Una aromática precisa, limpia, nunca pesada.
El calor puede deteriorar los aromas de las uvas. Temperaturas más moderadas evitan este fenómeno de oxidación aromática, ofreciéndonos una fruta más fresca y vinos que se conservan mucho mejor con el tiempo.
Aquí, la vendimia se adelanta a veces un día. La vid avanza a su propio ritmo, moldeada por las diferencias de temperatura y la intensa luz de las alturas.
Tramontana y suelos graníticos: un terruño vivo
En las laderas de la finca, la vid hunde sus raíces en arenas graníticas, esta arena gruesa procedente del granito descompuesto, a la vez drenante y pobre. Este tipo de suelo obliga a la planta a buscar profundamente, dando vinos rectos, minerales y esbeltos.
La tramontana, viento emblemático del Rosellón, también juega un papel clave: sanea naturalmente el viñedo, concentra las bayas y contribuye a esa sensación de pureza que se encuentra en los vinos de Mas Llossanes.
El Pur Chasan, expresión rara de la altitud
Si hay un vino que encarna perfectamente esta identidad de montaña, es el Pur Chasan.
Esta variedad de uva confidencial —un cruce de Chardonnay y Listán— encuentra aquí un terreno de expresión ideal. La altitud le aporta una tensión cristalina, una frescura vibrante y una precisión aromática que oscila entre notas de cítricos, flores blancas y piedra fresca.
Raro por naturaleza, en Mas Llossanes se convierte en un verdadero manifiesto: el de un viñedo que privilegia la elegancia, la energía y la legibilidad del terruño.
Una viticultura de equilibrio
Cultivar en altitud exige humildad y observación. Las condiciones son más duras, los rendimientos suelen ser más bajos, pero la recompensa está ahí: vinos luminosos, digeribles y profundamente arraigados en su paisaje.
En Mas Llossanes, cada añada cuenta así un poco de este viñedo de montaña —entre granito, viento y luz— con el Canigó de fondo, guardián silencioso de nuestros viñedos.




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